lunes, 12 de febrero de 2018

El tonto del pueblo


Por edad pocos de vosotros recordaréis la serie “Crónicas de un pueblo” que se emitió en TVE entre 1971 y 1974. Pero seguro que os han hablado de ella vuestros padres o abuelos, o quizás hayáis visto algún reportaje o leído algún artículo sobre esta “supuesta” antigualla, que por arte de magia siempre acaba volviendo a nuestras vidas. Como “Verano Azul”. O “Curro Jiménez”. Hay cosas eternas, inmutables: como la biología o la historia, que por mucho que intenten reescribirlas, manipularlas, obviarlas o negarlas, al final siempre prevalecen. Verdades. Y esto le duele mucho a determinados elementos. Y elementas. A los progres sobre todo. Y a los autodenominados “intelectuales de izquierdas” (¿oxímoron?) , que no son más que catetos que aprovechan su mínima preparación para manipular y engañar a los demás catetos.

Dicha serie costumbrista narraba la vida cotidiana de un pueblo, con sus anécdotas y sus problemas, sus alegrías y sus penas, reflejando la realidad social a través del elenco de personajes que aparecían en cada uno de los episodios: el cura, el Guardia Civil, el cartero, el alcalde, el maestro…, en resumen, todos aquellos arquetipos que permiten describir la realidad social de una época y de paso inyectar en los ciudadanos la necesaria dosis de educación y de moral. Así los episodios se convertían en pequeñas fábulas que abrían los ojos a las personas, les hacían reír, llorar, pero también reflexionar, lo cual les ayudaba a entender.

Lo que no recuerdo muy bien es si en la serie aparecía el tonto del pueblo. Igual no. Tampoco eran momentos idóneos para retratar una España negra, inculta, palurda, retrógrada y llena de tontos del pueblo. La época olía a apertura, a transición, a cambios, a una “supuesta” libertad, a Europa, y no hubiera sido de recibo echar piedras sobre nuestro propio tejado dando detalles de nuestro evidente retraso social y cultural. O quizás no fuera retraso, visto lo que tenemos que aguantar hoy en día en esta, según dicen, sociedad avanzada y culta. Ahí cada cual.

Pero dejando a un lado esa entrañable serie, bien sabemos todos que los clásicos personajes que deambulan por los pueblos (y por los barrios de las ciudades, no vayáis a creer que por vivir en la ciudad se arregla todo) siguen ahí, invariables, inmutables, insustituibles. El bocazas, el listillo, el santo (y casi siempre primo al mismo tiempo), el borrachín, el niño bien, la guapa recatada y la menos guapa pero de moral distraída. Y, como protagonista absoluto, culpable de todos los males, victima propiciatoria de todas las bromas, teníamos, y seguimos teniendo, al tonto del pueblo. Con su boina mal calada, sus pantalones o bien demasiado cortos o bien extremadamente anchos, sus orejas de soplillo, sus uñas con una ancha banda de mugrienta suciedad como si fuera de luto todos los días, su tartamudez, cojera, ceguera o cualquier otro defecto físico.

Era y es el personaje necesario en toda sociedad que se precie. Alguien a quien echar las culpas, a quien hacer responsable de nuestros fracasos, de los hurtos, del calor y del frío, de nuestra propia incapacidad, de nuestros traumas y de nuestros complejos. Como los niños asilvestrados que de tanto en cuanto aparecían en algunas sociedades y que de inmediato se convertían en el chivo expiatorio de todos los males y culpas del lugar. Como Kaspar Hauser en Baviera a principios del siglo XIX.

Pero se da el caso que en muchas ocasiones ese “tonto del pueblo” de tonto no tenía nada. Era diferente, era callado, igual era un poco feo, tendría algún defecto físico o hasta psíquico (igual no era nada más que autista o quizás un superdotado), o simplemente era una persona tímida o soñadora. Cualquier situación es posible. Pero por desgracia, como bien sabemos, la sociedad como conjunto marca a las personas, las estigmatiza, las señala, las aparta, las humilla. Injustamente en muchos casos. Igual en la mayoría de ellos.

Hasta que gracias a Dios llegamos a nuestra gloriosa, culta, tolerante y avanzada época. A nuestros días. Al año del señor de 2018. Al mes de Febrero.  Y de pronto ya nadie nos puede echar en cara de que somos injustos por llamar a alguien tonto. De estigmatizar a alguien por sus defectos, por su apariencia, por su dicción incomprensible, por su incultura o por su falta de higiene personal. 
Por fin tenemos la evidencia de que verdaderamente existen los tontos del pueblo. Bueno, me corrijo para que las mujeres no se quejen de su visibilidad: definitivamente existen las tontas del pueblo

Hemos tardado muchos siglos en descubrirlo, pero ahí está la evidencia.

Por lo menos una tonta del pueblo existe. Y encima es muy tonta. Y se llama Irene. Irene Montero. O Montera. La portavoza. 




P.D. Seamos justos. Basta de discriminación positiva. También existen los tontos del pueblo. 



jueves, 8 de febrero de 2018

Expaña


Siempre he tenido la intención de escribir un artículo, un relato corto o hasta un libro dedicado a la letra EÑE, tan característica y representativa de nuestro querido idioma (aunque no sea una letra exclusiva de nuestra lengua, ya que también es parte de muchos otros alfabetos como el asturiano, el aimara, el bretón, el bubi, el gallego, el chamorro, el mapuche, el filipino, el quechua, el guaraní, el otomí, el mixteco, el papiamento, el rohingya, el tagalo, el tártaro de Crimea, el euskera, el zapoteco y de otras muchas lenguas minoritarias).
Si hasta he pensado infinidad de veces en tatuarme una preciosa eñe en alguna parte de mi avejentada piel.

Como bien canta “Hispánica”:
Tinta negra en mi piel
Son recuerdos del ayer
Una vida, un sentimiento, una historia y un porqué
Tinta negra en mi piel
Aún recuerdo lo que fue
Una idea, una lucha, un deber

Porque más allá de ser una letra muy nuestra, la eñe es claramente un símbolo del hispanismo, de ese concepto integrador y motor de la evolución social, científica y cultural durante los muchos siglos en los que el Imperio español aportó tantas cosas buenas a la humanidad (frente a las mentiras de la “Leyenda negra”, auspiciada, inventada y utilizada a destajo como arma contra nosotros por ingleses y franceses, nuestros históricos y tan mentirosos enemigos). La maldita envidia de unos y de otros. Pero bueno, eso es harina de otro costal sobre lo que se han escrito un sinfín de tratados. Tampoco soy yo una autoridad para desgranar la historia de España y de Europa en un simple comentario en este cuaderno de bitácora. Suficientes maestros y eruditos tiene el hispanismo para alumbrar lo bueno de nuestra historia. Como por ejemplo María Elvira Roca Barea en su magnífico ensayo “Imperiofobia y leyenda negra”.

Pero por desgracia hoy iba a escribir sobre otra cosa. Sobre el prefijo “EX”. Y sobre Expaña, título de este artículo, que refleja la maldita realidad en la que vivimos: España ya no existe. Por lo menos la España que fue, que amamos, que soñamos y que visto lo que hay se perderá irremediablemente en la vorágine de la Europa actual y en la basura de sociedad carente de valores en la que nos ha tocado vivir. Y ya es extraño que la “Real Academia de la Lengua” acepte tantas nuevas (y muchas veces ridículas) palabras y no añada de una vez “Expaña” a su tan preciado diccionario. Si ya existen en el DRAE más de 8.800 palabras que empiezan con el prefijo “ex”, no nos viene de una más, digo yo.

 Expaña con una única acepción:
1. m. Nación que una vez fue y que entre todos se cargaron.

Vamos pues a por el maldito prefijo “ex”.

Una Expaña expuesta a las excentricidades (siendo benévolo) de mil y un payasos (siendo más benévolo aún).
Una Expaña en la que los exabruptos de políticos, pseudoartistas, pseudoperiodistas y demás ralea sobrepasan día sí día también la mínima educación en un país antaño culto y educado.
La exasperación que produce aguantar las sandeces que sueltan inútiles como Rufián, Irene Montero, Eche-Nike, personajes que parece que usen el excretor en vez de la boca.
La exuberancia con la que vive el fugado iluminado Puigdemont en Waterloo (acaba de pedir unos pocos millones de Euros para mantener su alto nivel de vida, su mansión y sus cenas a base de buenos vinos, mejillones y jamón patrio).
Las mil y una excusas que usan tanto Podemos como Ciudadanos para cambiar la ley electoral, cuando lo único que les interesa es cambiar a una nueva fórmula de cálculo que les beneficie. Como su excéntrica petición de que puedan votar los mayores de 16 años. Cuando ellos mismos, léase Pablo, su cortesana Irene, Iñigo y demás vagos populistas tienen menos madurez que los renacuajos de cualquier charca inmunda.
La pendiente excomunión de Sor Lucía Caram y demás religiosos (los monjes de Montserrat los primeros) al servicio del rancio separatismo.
La cansina e insistente petición por parte de los casposos comunistas de la exhumación de cadáveres asesinados por uno de los bandos de la guerra civil, ocultando al mismo tiempo la existencia de muchos miles más en el otro bando. Poca cosa más explícita puede haber que pasear un rato por el camposanto de Paracuellos.
El excluidor racismo y clasismo de los nacionalistas catalanes y vascos.
La rebuscada y falsa exégesis que se han sacado de la manga los populistas asturianos para aupar el asturiano a lengua cooficial y con ello poder empezar a clasificar y separar a la sociedad sin que ni un experto lingüista, sociólogo o historiador les dé la razón. Y a mangonear con subvenciones hasta la extenuación.
El continuo extravío de dinero, de pruebas judiciales, de testigos y de imputados en los miles de juicios por corrupción pendientes a lo largo y ancho de la península ibérica.
El fanático extremismo nacionalista de otros siglos que está enfrentando a los ciudadanos en cualquier rincón de España, desde Cataluña, pasando por Baleares y Valencia hasta Galicia o Asturias.
La expropiación de la voluntad real de un pueblo a base de pactos bajo mano, chanchullos, connivencias y prebendas de todo tipo.
Los experimentos educativos y sociales que han conseguido en pocos lustros convertir los dos únicos sexos existentes en un sinfín de desviaciones y enfermedades que quieren aupar a rango de ley de la naturaleza a golpe de invenciones y mentiras.




En fin, para que seguir.

Acabaría extenuado, excitado y exaltado.
Y con ello expuesto a que con la nueva ley de memoria histérica que nos quieren imponer me tacharan de extremista, explosivo o extemporal.
Y tuviera que vivir expatriado en alguno de los pocos países que aún se resisten a perder sus orígenes occidentales cristianos y europeos. Como Hungría. O Polonia.

Porque por lo que atañe a nuestra patria, lo dicho:

EXPAÑA.

miércoles, 10 de enero de 2018

Carta a los tabarnienses

Queridos hermanos:

Mucho se ha escrito ya sobre el fenómeno de Tabarnia (el último y acertado comentario sobre el particular lo publicó hace bien poco el buen amigo Jorge Buxadé en su blog, adelantándose en horas a estas líneas que redacto en este momento).

A saber: la campaña de una Tabarnia autónoma que englobe las comarcas más productivas y menos nacionalistas de Cataluña es una idea bien argumentada que surgió hace bastantes años, en la que se ponen en tela de juicio las desigualdades existentes en Cataluña en cuanto a la aportación a la riqueza y al bien común y a la recepción de sus platos de lentejas en forma de subvenciones a cambio de apoyos y sobre todo votos. 

Y como el maldito nacionalismo va exactamente de esto, durante muchos decenios no ha dudado en aprovecharse de los defectos de la ley electoral vigente en Cataluña y de la facilidad para repartir prebendas, en aras de ganarse el voto cautivo y sumiso de las regiones interiores de Cataluña.

Y todo ello con unos objetivos muy claros: enmascarar su mafioso y bien organizado latrocinio y de paso ocultar y silenciar la realidad social de esta bella región española llamada Cataluña. Bien aderezado el montaje con leyendas, mitos, invenciones, sangrantes mentiras y la infinita  desfachatez de los “líderes” nacionalistas y separatistas para vender la moto a los incautos y abducidos ciudadanos y lucrarse de manera exagerada y hasta vomitiva, enarbolando para ello una sucia, inventada y partidista bandera de confrontación y fanatismo.

Y no seré yo el que critique este “revival” de la idea de Tabarnia, más aun siendo tabarniense de nacimiento, ni su reciente y bien ruidosa explosión en las redes sociales y los medios de comunicación, tanto nacionales como extranjeros. Como ya se ha comentado y analizado en infinidad de artículos de prensa, la campaña de Tabarnia ha servido, y mucho, para desmontar uno a uno los simples e infantiles argumentos del separatismo catalán, respondiendo a sus sinrazones con sus mismas armas. Un nítido espejo para su estupidez en el que se han visto reflejados de tal manera que hasta se han puesto nerviosos, como si fueran niños pequeños a los que han pillado robando caramelos.

Pero, en mi modesta opinión, toca parar. No seamos ingenuos e infantiles (y listos) utilizando esta gracia hasta el hastío, explotando su repercusión social, inventando (y vendiendo) banderas, escudos y seguro que pronto también sudaderas, fundas para móviles y en cuanto llegue el buen tiempo toallas, playeras, hamacas y sombrillas.

No hay chiste, ocurrencia, eslogan o idea táctica, por muy buenos que sean, que puedan estirarse hasta el infinito, ya que dejarán de tener sentido, serán copiados (véase el nacimiento de Ribernia, de Vasconia y demás clones tabarnienses) y extremadamente fáciles de ridiculizar y desmontar.

Porque al igual que hemos podido acabar con el nacionalismo y sus mentiras a base de verdades, cifras, argumentos, historia, cultura e intelecto, cualquier persona mínimamente preparada (esto no incluye obviamente a Rufi, Marta y el resto de la banda, título de un futuro artículo) podría acabar con la campaña de Tabarnia en un abrir y cerrar de ojos.

Como símil podríamos usar lo que dice San Pablo en su carta a los Gálatas:

“Ahora bien, si al buscar nuestra justificación en Cristo, resulta que también nosotros somos pecadores, entonces Cristo está al servicio del pecado. Esto no puede ser, porque si me pongo a reconstruir lo que he destruido, me declaro a mí mismo transgresor de la Ley.”.

No podemos echar por tierra el tremendo esfuerzo llevado a cabo en los últimos decenios por miles y miles de catalanes y españoles de otras regiones, con su explosiva culminación en octubre del año pasado en las manifestaciones civiles en Barcelona y la victoria (en número de votos) en las últimas elecciones autonómica de la razón, la libertad y la justicia frente a la anacrónica barbarie separatista, siguiendo “in aeternum” con el jueguecito tan divertido de Tabarnia, del yo más, del tú qué y de la estúpida confrontación.

Y me permito citar de nuevo a San Pablo:

Ustedes, hermanos, han sido llamados para vivir en libertad, pero procuren que esta libertad no sea un pretexto para satisfacer los deseos carnales: háganse más bien servidores los unos de los otros, por medio del amor.  Porque toda la Ley está resumida plenamente en este precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si ustedes se están mordiendo y devorando mutuamente, tengan cuidado porque terminarán destruyéndose los unos a los otros

Esos deseos carnales que simbolizan el egoísmo, el egocentrismo, el yo frente al nosotros, no tienen nada que ver con el espíritu de libertad, de unión, de solidaridad y de justicia que la sociedad civil catalana, sin la ayuda de los siempre interesados partidos políticos, ha sacado a relucir en estos últimos meses.

Una sociedad civil cansada de desigualdades, de imposiciones, de separatismos, de injusticias, de favoritismos, de robos y de confrontaciones inventadas y dirigidas.

Barcelona es Barcelona, Tarragona es Tarragona, Gerona es Gerona y Lérida es Lérida. Y todas ellas son provincias españolas de la bonita, histórica y querida región catalana, parte intrínseca de nuestra milenaria nación, España.

Como lo son La Coruña, Álava, Albacete, Alicante, Almería, Asturias, Ávila, Badajoz, Islas Baleares, Burgos, Cáceres, Cádiz, Cantabria, Castellón, Ciudad Real, Córdoba, Cuenca, Granada, Guadalajara, Guipúzcoa, Huelva, Huesca, Jaén, La Rioja, Las Palmas, León, Lugo, Madrid, Málaga, Murcia, Navarra, Orense, Palencia, Pontevedra, Salamanca, Segovia, Sevilla, Soria, Santa Cruz de Tenerife, Teruel, Toledo, Valencia, Valladolid, Vizcaya, Zamora, Zaragoza, Ceuta y Melilla.

Como bien reza el lema del escudo de Tabarnia presentado “en sociedad” hace pocos días:


Acta est fabula.



 La función ha terminado.


La de Tabarnia también.


P.D.: Y que conste que la maravillosa idea de Tabarnia ha conseguido bastantes más firmas que votos  han arañado algunos de los enfermos partidos que quieren dividir nuestra sociedad y nuestra patria.






martes, 19 de diciembre de 2017

Feliz Navidad en blanquiazul.

La casualidad, o mejor dicho la pésima gestión de los directivos del RCD Españyol por un lado y de los golpistas de la autonomía catalana por otro, nos ha llevado a unas fiestas navideñas en las que más que pedir tenemos que implorar al niño Jesús, a los Reyes Magos y al Tió de Nadal que nos echen un cable y con sus regalos nos saquen del atolladero en el que estamos metidos.

La situación dramática que está viviendo nuestra patria chica, Cataluña, con el golpe de estado organizado por unos pocos iluminados nacionalistas con el único fin de mantenerse en el poder y ocultar sus miserias y latrocinios, se ve reflejada tristemente en nuestro querido Real Club Deportivo Españyol.  Deportivamente nuestro futuro pende de un hilo, estando nuestro equipo cerca del abismo de las posiciones de descenso a segunda división, y políticamente Cataluña está asimismo jugando con fuego, dividida artificialmente por manipuladores, mentirosos, ladrones y prófugos.

¡Vaya fiestas nos esperan!

En Cataluña, un minoría separatista (en votos lo es, aunque la ley electoral vigente les otorgue una representación mayor que la voluntad real del pueblo) intenta dinamitar la convivencia basándose en medias verdades, leyendas, manipulaciones, falsas acusaciones y demás ardides, con el único fin de mantenerse en el poder y con ello seguir exprimiendo al pueblo catalán y evadiendo los porcentajes “recaudados” a paraísos fiscales.

Y por si no bastara con los malos resultados deportivos, en nuestro querido club, el Real Club Deportivo Españyol, otra minoría separatista (en este caso tan minoritaria que sin duda cabe en un microbús), liderada en la sombra por el vago de Argentona, intenta imponer a una mayoría social apolítica, amante del deporte como único objetivo, sus partidistas banderas de odio y confrontación. Y si a esto sumamos a determinados elementos “periculerdos” de la directiva actual, que desde que rigen nuestros destinos han hecho más mal que bien, las felices fiestas navideñas se nos presentan por desgracia cargadas de dudas, miedo e impotencia.

Pero nadie nos va a asustar ni estropear a estas alturas del siglo XXI las fiestas familiares por excelencia. Nuestra herencia blanquiazul se basa en una idiosincrasia de familias luchadoras, fieles, creyentes, unidas y tradicionales, amantes de la alegría, la bondad, la convivencia y la diversidad

En el mundo blanquiazul no hay odio, ni discriminaciones, ni fundadores protestantes, racistas y masones, ni directivos encausados y expresidentes enjaulados. Somos normales, de aquí y de allá, ni superiores ni inferiores a nadie. Somos de Girona y de Vic, de Santa Coloma y de Badalona, de Tarragona y de Reus, de Masnou y de Arenys, de Ciutat Vella, de la Verneda y de Sarriá.  
Y encima nunca hemos crecido de forma artificial regalando carnets de socio, ni hemos utilizado nuestros nobles colores para otro fin que no sea la sana competición deportiva.

Al igual que la mayoría de catalanes, que ni odian al prójimo, ni son racistas, ni roban ni mienten.

Y aunque en los últimos 30 años los separatistas, con la necesaria complicidad del otro club de la ciudad, hayan conseguido desvirtuar esa esencia catalana de tolerancia, de gente trabajadora, de región de acogida, de “seny” y de nobleza, la mayoría hasta ahora silenciosa de nuestra región, y también de nuestro querido club deportivo, se impondrá sin dudarlo a la insensatez de los borregos adoctrinados.

Esperemos que tanto el día 21 en las Elecciones Autonómicas como el día 22 en el crucial partido ante el Atlético de Madrid y los días 4 y 11 de Enero ante el Levante, el espíritu de buen catalán y mejor perico triunfe y nos lleguen esos regalos navideños que tanto anhelamos y merecemos.

¡Felices fiestas blanquiazules a todos!


Bon Nadal.



miércoles, 13 de diciembre de 2017

Malditas fiestas de finales de diciembre

Iba a titular este artículo “Maldita Navidad”, pero al final he decidido dejarlo en “fiestas de finales de diciembre”.  Como si las llamara fiestas del Q4, que así se denomina el último trimestre en el tan globalizado argot empresarial: porque vistos los escaparates, los anuncios y la tan colorista y al tiempo patética decoración de nuestras ciudades desde principios de Noviembre, poco tienen que ver estas fiestas con el último mes del año y con el misterio navideño. Ya hace bastantes lustros que (por desgracia e imposición de la economía global) la celebración antaño mística y religiosa empieza el “Black Friday”, el viernes posterior al “Día de Acción de Gracias” yanqui, y acaba, por lo menos en el mundo hispano, con la fiesta de los Reyes (y Reinas, por lo menos en Madrid) Magos el seis de enero. 
Del Q4 al Q1 y tiro porque me toca. O mejor dicho, gasto aunque no me toque.

Y a pesar de tener preparada (y a punto de mandar) mi anual felicitación navideña, que suelo enviar a familiares, amigos y también a simples conocidos, esta vez se me antoja más artificial y rutinaria que nunca. No son tiempos de alegría, de felicidad, de amistad o de jolgorio, y mucho menos aún lo son de fe, de solidaridad, de caridad, de comprensión, de generosidad, de justicia, de sinceridad, de altruismo o de amor.

¿Qué sentido tiene entonces felicitar unas fiestas “de paz y amor”, (en las que por cierto, por si alguno lo ha olvidado, se celebra el nacimiento de Jesús de Nazaret), cuando nuestra sociedad se ha convertido en un maldito estercolero en el que las ratas campan a sus anchas y asesinan por la espalda a ciudadanos por el simple hecho de lucir una bandera de España (¡Víctor Laínez, presente!), los mafiosos políticos catalanes dan golpes de estado y se fugan (con todos los gastos pagados por nosotros) a otros países,  los gobernantes roban y mienten en todas y cada una de las nefastas autonomías del país, los periodistas inventan y manipulan sin ni siquiera saber hablar o escribir con corrección, los verdaderos valores ya no existen, la religión católica es el objetivo predilecto de los ataques e insultos de la nueva “clase” política y sus voceros y “tot plegat” se reduce a un superficial y exagerado consumismo y a eliminar con saña cualquier atisbo de religiosidad de estas fiestas?


¡Si hasta la tarjeta de felicitación navideña de nuestro “Jefe del Estado” ha dejado de contener cualquier referencia al sentido religioso de estas fechas! Y eso que por herencia sigue ostentando, entre otros muchos, el título de “Rey Católico” y “Rey de Jerusalén”. ¿Rey? ¿Católico? Anda y que le zurzan a él y a su familia.


¿Qué podemos hacer entonces? ¿No gastar ni comprar regalos a nuestros seres queridos aduciendo estas razones puristas, cuando en el fondo no lo hacemos por falta de parné? ¿Aislarnos del mundanal ruido de las cajas registradoras, de los apuntes en nuestra cuenta corriente y las transacciones por Paypal, darnos de baja de Amazon Prime y encerrarnos en casa buscando el tesoro perdido de unas fiestas tradicionalmente familiares, emocionantes y llenas de buenos sentimientos?

No tengo repuestas. Ni las tengo hoy, en el año 2017, ni las tenía hace 20 años, ni supongo que las tendré en el cada vez más corto futuro que tengo por delante.

Es misión imposible escapar a esta sociedad decadente, a la imposición de modas, a la absurda persecución de inducidas necesidades, a no caer en las redes del oxímoron “nuevas tradiciones” que cada año nos coloca alguna figura nueva en el antes reducido imaginario de pastores, reyes, el buey, el burro y la Sagrada Familia, como si se tratase de una eterna trilogía de Hollywood que cada año nos tiene que sorprender con otro animal, duende, elfo o gnomo tan poco navideño como el supuesto nacimiento montado por Inmaculada Colau (aunque suene a chanza así se llama la inculta, vaga y ahora también bisexual alcaldesa: por interés te quiero Andrés, o Andrea) en Barcelona o la decoración de la bruja Carmena en las calles peatonales (y unidireccionales) de Madrid.


Tan unidireccionales como el oscuro camino por el que deambula nuestra sociedad: la absoluta carencia de valores espirituales, de creencias, de respeto, de trascendencia, de humanidad, de honor, de piedad, de fe.

De soñar y trabajar por un glorioso mañana recordando nuestro pasado griego, romano y cristiano, defendiendo valores eternos, trabajando por el prójimo, dándole amor y cobijo, hemos pasado a la feroz lucha por ser el país más zafio, chabacano y ruin del hemisferio norte.

Eso sí, gastando a espuertas lo que no tenemos para algo que realmente no necesitamos. 
No vaya a ser que el crecimiento de nuestro PIB no se ajuste a las previsiones y nos caiga una bronca de los malvados amos de Mordor, aka Bruselas: esos sucios ogros que lo único que han conseguido es destrozar nuestro modo de vida, nuestra cultura y nuestra economía en aras del beneficio económico de unos pocos (y sus más que generosos emolumentos). 

Y encima cobijando y dando coba al rastrero, falso y cobarde Fuigdemont y los suyos. ¡Qué asco!






Apa, bones festes.



P.D.: No creáis que no veo la viga en mi propio ojo y solamente la paja en el ajeno. También sucumbo, como todos, a las imposiciones “sociales” de estas fiestas. Pero aún así intentaré llevarlas con dignidad, disfrutando de los momentos verdaderamente navideños, de las reuniones familiares en la cena de Nochebuena y de la siempre espectacular “Escudella y carn d’olla” del día de Navidad, sintiendo y demostrando bondad y amor por las personas queridas. 


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Si yo votara

Si yo votara,  en las próximas elecciones autonómicas catalanas (y por primera vez) tendría mis dudas. Véase la posición de la coma en la frase anterior para entender mi punto de partida. Yo no suelo votar a partidos políticos. Mejor dicho, nunca les he votado. Voté una vez, en el referéndum sobre la entrada en la OTAN del 1986, al no haber partidos por medio, y encima salí escaldado. Mejor dejarlo.

Y encima en esta ocasión ni tengo el derecho a votar. Después de 6 años fuera de mi tierra, de mi patria chica Cataluña, justamente en Mayo de este año del señor de 2017 decidí empadronarme en Madrid por razones prácticas: el acceso al servicio sanitario sin cortapisas por llevar una tarjeta sanitaria catalana (¿para cuándo la unificación, señores políticos?) y la menor carga fiscal que se me aplica en esta comunidad autónoma (¿para cuándo la igualdad de todos los españoles ante la ley y el fisco, señores políticos?)

¿A qué viene entonces este artículo? Pues la razón es que por una vez, y sin que esto sirva de precedente, de tara o de traición, creo que hay que votar. Los que me conocéis y los que opináis lo mismo que yo en la mayoría de los temas serios de la vida, os podéis hacer una idea de lo difícil que es para mí recomendar la participación en un proceso electoral, cuando desde pequeño siento una gran aversión, que no profundo asco, por los partidos políticos de nuestro país, por el sistema que se autoproclama democrático pero que en mi opinión no lo es, por el régimen político de corrupta y borbónica monarquía parlamentaria, por el a todos luces injusto sistema electoral y la intolerable Ley D'Hondt y por el maldito estado de las autonomías, que no ha hecho más que traer desgracia y ruina a nuestra patria.

Conque tengo que recular. Y lo hago sin traumas, sin sentirme traidor a mí mismo ni a los ideales que siempre he defendido. Ni renunciando, por supuesto, a mi crítica al sistema en sí, a nuestro ordenamiento jurídico y a nuestro caduco sistema político y a los impresentables ladrones, corruptos y vagos profesionales que rigen nuestros destinos en las múltiples y costosas administraciones del estado. Esa lucha es eterna: mientras quede un halo de vida en mi cuerpo seguiré al pie del cañón, maldiciendo lo malo, proponiendo mejoras y soñando con un nuevo amanecer. Faltaría.

Y encima lo tengo fácil: os recomiendo votar pero yo mismo no tengo que hacerlo. Vaya suerte la mía.

Bromas aparte,  estamos ante una encrucijada en la que, por desgracia, no vale cerrar los ojos, ni escudarse en ideales o convicciones opuestas al sistema político y electoral actual, ni tampoco votar a partidos minoritarios, abstenerse o pintar las papeletas con la cara de Homer Simpson o invalidarlas con proclamas e insultos.

El discurso (muy mío por cierto) de que el “mal menor” no me sirve, de que prefiero la “nada” a no conseguir el “todo”, en estos momentos no sirve para absolutamente ningún propósito. 

Si los partidos “constitucionalistas”, o “unionistas”, o cómo diablos los quieran llamar unos y otros, no consiguen hacerse con la mayoría en estas elecciones, la maldición del “prusés” nos perseguirá durante muchos, muchos años, con el agravante de que una parte importante de España, Cataluña, se irá económicamente al garete, que las relaciones sociales y familiares acabarán por reventar, que la violencia será el pan nuestro de cada día, y que nos volverán a gobernar iluminados, mediocres, violentos, mentirosos, revanchistas y enfermos.

Y todos sabemos lo que significa este escenario: volver a empezar, la cantinela de siempre, la historia inventada y reescrita, los imaginarios países catalanes, el España nos roba, la contraeducación como arma política, los medios públicos como altavoz de la insensatez y la mentira como leitmotiv de la vida de las mafiosas familias de la burguesía catalana que mueven los hilos y hacen bailar a las pobres marionetas abducidas.

Y tocaría de nuevo aguantar al bufón Rufián, al enfermo Fuigdemont, a la limitada Marta Rovira, al payés Tardá, a la vaga Colau, a los cobardes exconsellers, al tan poco católico Junqueras, a los argentinos infiltrados, a los sucios e inútiles miembros de la CUP, a los curas y obispos que han olvidado al Dios al que sirven y representan y que de golpe adoran al ídolo dorado del separatismo, en resumen, a la herencia de 35 años de latrocinio, mentira y manipulación de la sagrada famiglia Pujol Ferrusola y sus siervos.

Dicen hoy en la prensa que faltan unos 300.000 votos para acabar con esta pesadilla. Si yo votara, faltaría uno menos.

Votad pues, que yo no puedo, y que Dios reparta sensatez.




Habla pueblo habla
Tuyo es el mañana
Habla y no permitas
Que roben tu palabra

Habla pueblo habla
Habla sin temor
No dejes que nadie
Apague tu voz 


martes, 21 de noviembre de 2017

Los siete pecados capitales del separatismo

Cave, cave, Deus videt

(Y por ende del populismo, tendría que añadir al título. Que ambos cánceres vienen a ser lo mismo en muchos aspectos. Pero se me iba en longitud).

Hace siete años escribí un artículo que versaba sobre uno de los pecados capitales: en concreto hablaba de la soberbia, en contraposición al carisma y la humildad. Y por desgracia,  estos últimos siete años (siete como los pecados capitales) han sido tan nefastos en lo que concierne a los valores, la política y el proceder de nuestros supuestos líderes, que me veo obligado a escribir sobre todas dichas maldades de un solo mazazo. De pegar un golpe sobre la mesa como el que habría que dar de una santa vez para acabar con el destrozo paulatino de nuestra patria y de nuestra sociedad. Y no hablo de un golpecito, casi una caricia, aplicando de forma limitada y de cara a la galería el artículo 155 de la tan magnificada Constitución, tal como está haciendo el Partido Popular con el apoyo del PSOE y de Ciudadanos.  Eso de poco nos va a servir. De aquí a menos de un mes volveremos a estar igual. O peor. Con los partidos políticos luchando por los votos y las prebendas asociadas, con los separatistas y populistas embaucando a la gente y con el sufrido pueblo español languideciendo bajo el yugo  de la mentira, de la manipulación en los medios, del capital de oscura y sucia procedencia, de la corrupción y la fraudulenta venta de bancos bajo mano y de la maldita unión europea, que de unión tiene bien poco… y de europea aún menos.

Resumiendo: en vez del tan castizo y patrio “Seis toros seis” que solíamos ver en los carteles de las corridas de toros, hoy en día proscritas en gran parte de nuestra querida península, por desgracia nos toca decir: “Siete pecados siete”.

Aclaración: para todos aquellos que desconozcáis de que va todo el tema de los pecados capitales (y por qué no, también para los que sois muy pecadores), aquí tenéis un buen resumen en la Wikipedia.


Al lío.

La soberbia

Que os voy a decir que no sepáis. El comportamiento soberbio de todos los líderes separatistas (como el de los golfos y guarros populistas de Podemos, pero de esos intentaré no escribir hoy, que tengo el estómago un poco sensible) está fuera de toda duda. Salvo que mires TV3%, claro está. En ese caso seguro que los pintan a todos de modestos, humildes y buenas personas. Nada más lejos de la realidad. Pocas veces hemos asistido en la historia de España a tanta chulería, tanta prepotencia, tanto clasismo y tanto racismo como en estas últimas semanas. Fuigdemont y sus múltiples y constantes sandeces e insultos, Nuria de Gispert y su
patético “¿Por qué no vuelves a Cádiz?” dirigido a la amiga Inés, o las muertes “evitadas” por el sacrificio de la plañidera Marta Rovira, por cierto hija de alcalde franquista, aunque los medios afines la llamen la “Princesa Vigatana”. Pues vaya princesa se han buscado. Con un curriculum como “para ponerse a temblar”, como bien decía Xavier Rius hace unos días. Sin olvidar a la madre superiora Ferrusola y su "el español es la lengua de los pobres y las chachas”. Soberbia es poco.

La avaricia

“En 18 meses dejaré mi escaño para regresar a la República Catalana” dijo el bufón mayor del Reino, el  despreciable Gabriel Rufián, en diciembre de 2015. Y desde ese mismo día todos sabíamos que no iba a renunciar a sus 5.947 euros brutos al mes (más 1.823 para gastos, libres de impuestos).  Al igual que su compadre, el rural Joan Tardá, que usa la burda excusa de la anexión pendiente de Baleares y Valencia para justificar lo de “estar a la sopa boba” todo el tiempo posible.

Por no hablar de los “botiflers” traidores como Carme Forcadell, el dúo Tururull o el mayor Trapero, que con tal de seguir chupando del bote han renunciado a las primeras de cambio a sus principios y altisonantes proclamas y han jurado y perjurado a diestro y siniestro, sometiéndose a cualquier ley, norma o imposición “española” con tal de no perder sus privilegios. Como se bromea por ahí solamente les ha faltado besar la bandera de España y soltarse por bulerías.

Todos ellos fieles seguidores del paterfamilias y sus cachorros, léase Jordi Pujol, su cornuda esposa y sus vástagos ladrones. Con ellos empezó todo, como se suele decir. Y sus herederos van camino de superar todo lo malo hecho por los progenitores. Gracias a Dios ya tenemos a uno en el “resort” de Soto del Real. Pero faltan los demás. Y quedan camas. Como en la ciudad de Barcelona, donde gracias a la vaga e inútil Ada Colau la “okupación” hotelera está cayendo por momentos. Otra que se merece un artículo especial. Dadme tiempo.

La lujuria

Este pecado capital quizás sea sobre el que menos puedo hablar. Tampoco es un tema en el que me quiera meter, allá cada uno con sus vicios, enfermedades y desvíos. Pero conociendo las historias del capo Pujol, que después de engendrar siete hijos (me parece que el número siete me persigue, tendré que pillar lotería con esta terminación) se echó una amante y se fue a vivir con ella al Palau, o de la esposa despechada de su primogénito, que ni corta ni perezosa destapó el flujo de billetes de 500 € hacia Andorra, que queréis que os diga. Cuando el río suena…

La ira

¿Cuántos ataques de histeria, tanto individual como colectiva, hemos presenciado en estas últimas semanas? Las caras cargadas de odio, la baba espumosa brotando de sus bocas cual las poco mágicas fuentes de Montjuich, los aspavientos, las manos alzadas, los insultos y el menosprecio a todo lo que se les antojaba contrario a sus ideas, han sido por desgracia (y seguirán siéndolo, no lo dudéis) una constante en estas fatídicas jornadas que hemos pasado. Frente a la templanza, la paciencia, la contención o la mesura que han aplicado el resto de intervinientes en esta tragicomedia, hemos soportado patéticos ataques de rabia de muchos de los personajillos ya nombrados. Imposible listarles a todos. Bueno, sí que se podría. Bastaría con coger las listas electorales de los partidos “enfermos”, empezar por el candidato número uno y acabar con el de la cola. El clásico invitado estrella que por cuatro duros permite que impriman su nombre en la papeleta. Por ira. Y por dinero (ver avaricia, un poco más arriba).

La gula

Frente a la gula el valor cristiano es la templanza. Es decir, una moderación en la atracción de los placeres, con el dominio de la voluntad sobre los instintos. Anda. Me suena mucho. Y como no podría ser de otra manera, me vienen a la cabeza varias escenas harto vistas: el cambio físico del omnipresente Rufián desde que se mueve por Madrid cargado de euros, las recientes comidas del enfermo Fuigdemont y los 5 en Bruselas, las paellas en casa de Rahola con el “Let it be” de los Beatles a los postres o los recientes “encierros” separatistas en algunas poblaciones catalanas como Rubí, que acabaron en grandes comilonas a costa del erario público.
O casos extremos como las “supuestas” huelgas de hambre de frikis separatistas, con horarios de oficina en el caso de un “enfermo prusesista" barcelonés que dejó de comer entre las 10 y las 14 horas y las 16 y las 20, o el esperpéntico “ayuno a favor de los presos políticos” por turnos que tienen montado en una parroquia de Cornellá del Llobregat. Como ya puse en un tuit el pasado día 10 de Noviembre: ¡Qué originales y sacrificados! Si es lo que hacemos cada día en casa: desayuno, huelga, almuerzo, huelga, merienda, huelga, cena, huelga y repetimos”. 
En resumen, todos siguen comiendo a destajo. Es decir, pecando.

La envidia

Mucho podríamos hablar de este pecado capital, al que se contraponen en la fe cristiana la empatía y la amistad. Y no nos costaría mucho encontrar ejemplos en el quehacer, el hablar, el calumniar o el inventar de los actores de este maldito proceso separatista que nos tiene hasta los mismísimos a todos. Valgan como muestra las locuras de los nuevos historiadores, con Jordi Bilbeny al frente del “Institut Nova Història”, que conforme pasan los días acabarán convirtiendo cualquier personaje, invento, descubrimiento o hazaña de los últimos 20 siglos en algo auténticamente catalán. Como ha sucedido esta misma semana, en la que han descubierto en Burgos los supuestos restos de la casa del Cid Campeador, saltando rápidamente los acólitos de la manipulación de la historia afirmando que el Cid era catalán, como no. Historia “a lo bestia” como bien titulaba hace pocos días su artículo Luciano Alvarez en “El País”. O el otro loco que hace bien poco afirmó que la “civilización catalana” es la que perdurará en el tiempo frente al resto de culturas “inferiores”. Lo dicho. La envidia les corroe. Y visto lo anterior, les vuelve locos. Muy locos.

La pereza

Pereza me da volver cada día sobre el mismo tema. Y tener que hablar siempre de los mismos. Pero es que me lo ponen a huevo. La diligencia, el contrapunto al no hacer nada, ya no es solamente una virtud, cristiana o no. Es una obligación. No puedes pasarte toda la vida sin pegar ni sello, haciendo “pellas” como los diputados de ERC y PDeCAT en el congreso. Ay Rufián, que pecas más que un Fistro Pecadorrr (Ciudadanos, por cierto, ha pedido que se les retire el sueldo, pero por ahora el resto de grupos hacen oídos sordos: no vaya a ser que les empiecen a fiscalizar su trabajo y tengan que aportar algo a la sociedad, como hacemos los demás mortales). 
Y no queda ahí, si cogemos los “curriculum vitae” (el plural va así, que nadie se le ocurra corregirme con un curricula) de los protagonistas de esta maldita telenovela barata y zafia llamada el “Prusés”, llámense Pujol, Colau, Rufián, Ernest Benach, Tardá, Marta Rovira, Pisarello o Anna Gabriel, nos puede dar un espasmo a más de uno. Entre todos no llenarían ni el formulario inicial de Infojobs. Y ya no te digo cuantas ofertas de trabajo les aparecerían de forma automática. Por no hablar que les llamara algún cazatalentos, o headhunter como les gusta decir hoy en día a los cosmopaletos. 
Como mucho podrían recibir una visita de los Cazafantasmas. Y no les iría nada mal acabar enjaulados en una pequeña cajita, sin nada que comer, ni posibilidad de insultar, robar, inventar, envidiar, denigrar o copular.

Y no hablo de las ridículas jaulas instaladas en Vich para disfrute de unos y vergüenza de todos. 

Hablo de jaulas de verdad.

Que bien se lo merecen.

Por pecadores.


Cave, cave, Deus videt




miércoles, 8 de noviembre de 2017

Cuatro barras y un funeral

Me ha inspirado escribir este artículo esta viñeta tan bonita que lleva mi amigo Pumuky en su Whatsapp como foto de perfil. Dibujo emocional, con ese aire de infantil inocencia, que entra directamente al corazón. Pero que por desgracia se quedará en eso, en una ilusión más de que en la vida las cosas pueden acabar bien, cuando todos sabemos que los finales felices son más raros que un tuit de Gabriel Rufián con un mínimo de sentido. O de Alberto Garzón. O de Escolar. O de Junqueras. O de Fuigdemont. O de Iglesias. O de Bea Talegón. De cualquier miembro de esa piara de vividores que no dan un palo al agua pero se arrogan una superioridad moral e intelectual de la que, obviamente, carecen por completo.



Ver las cuatro barras de Aragón limpias de polvo y paja, tal cual nacieron bajo el reinado de Alfonso II de Aragón, y liberadas del lastre del nacionalismo que desde el Siglo XIX intenta reescribir la historia a su conveniencia, produce un cierto alivio, pero éste se desvanece en el momento en el que enciendes TV3, escuchas Catalunya Radio, asistes a cualquier escuela en Cataluña o intentas razonar con algún abducido separatista. Por desgracia, y ahí radica el mayor error de nuestros gobernantes, ya sean del PP o del PSOE: mientras no se combatan la manipulación, el adoctrinamiento y la reinterpretación de la historia obviando cualquier verdad y pruebas irrefutables, esa estrella fugaz que sigue manchando las barras de Aragón y con ello la “senyera” catalana, seguirá destrozando la sociedad, la convivencia, la verdad y la historia de nuestra patria.


De poco nos va a servir la limitada aplicación del artículo 155 si dejamos que las medios de comunicación en Cataluña, los cinco fugados en Bruselas (cada vez que oigo hablar de los cinco me vienen a la cabeza los libros de Enid Blyton, en especial el llamado “Los Cinco se escapan”) y el enfermo ex presidente Fuigdemont, campen a sus anchas, llenen de mentiras el ambiente y nos insulten a todos los españoles por activa y por pasiva.

Es hora de acciones contundentes, de que la justicia actúe de forma ágil, de que se impute de forma urgente a todos los cómplices de esta patraña, que se intervengan los medios “públicos” en Cataluña (lo de llamarlos públicos es de chiste cuando se trata de entes al servicio del poder separatista), que se depuren las responsabilidades en la STASI catalana (esos sucios y violentos mozos de cuadra), cuerpo policial nacido en 1983 con la única misión de servir y proteger a maquinadores y golpistas del tres al cuarto, que la juez haga su trabajo sin presiones y se detenga de una vez a Trapero, se le ingrese en prisión y pruebe por una vez su propia medicina.

Si no se toman las medidas oportunas, si dejamos que cuatro pandilleros bloqueen toda una región cuando no representan a nadie en número de votos, si seguimos tolerando que los profesores adoctrinen, TV3 manipule, la maldita Terribas engañe y Fuigdemont vomite su infecta bilis en el corazón de Europa, de nada servirá esta ilusionante recuperación de las cuatro barras aragonesas, de nuestra verdadera bandera (junto a castillos, leones y cadenas navarras), y la estrella que debía ser fugaz se quedará pegada cual esputo de un tísico en un emblema que nació para unir y crear una de las naciones más antiguas del mundo y permitió que el mayor Imperio de la historia aportase todo lo bueno que tiene la hispanidad, y con ello la catalanidad, al resto del planeta.

En caso contrario, todo acabará en un funeral. Un funeral por nosotros, por nuestra Cataluña, por nuestra patria España, por nuestra historia y, lo que es peor, un funeral por el futuro de las nuevas generaciones.


Y tristemente no nos quedarán nada más que las cuatro barras manchadas con el vómito, el clasismo, el racismo y el odio de los malditos separatistas y sus siniestras intenciones.



lunes, 30 de octubre de 2017

Ahora o nunca: por España.


Para los que llevamos más de medio siglo amando a Catalunya y con ello a España (que es lo mismo), y unos cuarenta años luchando sin descanso por unos ideales nobles y eternos, por la patria y la justicia, lo que está sucediendo estos días es una liberación. Y una culminación. Aunque en el fondo sea triste lo que está sucediendo, muy triste, Dios (o el destino) nos ha dado la oportunidad de estar en la lucha final por algo que llevamos defendiendo y gritando a los cuatro vientos desde nuestros años mozos.

Y es ahora, en este preciso y delicado momento, cuando tenemos que asumir y defender todo lo que hemos proclamado y gritado en estos decenios: lo de “España, una grande y libre”, lo de “Patria, Justicia, Revolución”, lo de “no nos engañan Cataluña es España” o lo de “Dios, Patria y Justicia”. Por poner algunos ejemplos de lemas tantas veces coreados, pintados en las paredes, impresos en pegatinas y hasta tatuados sobre nuestra piel.

Ya no valen excusas, ni finuras dialécticas, ni purismos partidistas. En caso contrario todo quedará en agua de borrajas. Si realmente estos eran y siguen siendo nuestros ideales, si verdaderamente buscamos el bien común, la igualdad entre los españoles, la justicia social y la grandeza de nuestra patria, estado, nación o lugar habitual de residencia, llamadlo como queráis, ya no caben siglas, disputas, interpretaciones complejas, anacronismos clamorosos o violencia gratuita sin ton ni son. Ni el tan usado “y tú qué, y yo más”. A la mierda con todo ello.

La lucha ya no es de bar, ni de tertulia, ni de bonitos escritos que emocionan pero no aportan, ni de elecciones bajo 30 siglas diferentes, ni de ser el más malo de la película, ni de tener más razón que el en teoría camarada sentado a nuestro lado, ni de hablar de contubernios, tejemanejes, infiltrados, de los otros y de nosotros. O vamos de la mano o se nos escapará la ocasión de culminar un sueño. De conseguir acabar con las separaciones artificiales que han acechado a nuestra Patria desde hace varios siglos. Las que bien conocéis todos. Las que han llevado a menos a España: los separatismos, los corruptos partidos políticos y la falsa lucha de clases que no esconde nada más que envidia y un egoísmo absoluto, que busca simplemente darle la vuelta a la tortilla y llegar al poder para hacer lo mismo, o cosas peores, que los actuales gobernantes.

Tomemos como ejemplo los discursos de ayer en Barcelona. Aunque nos duela por quien los ha pronunciado.O nos cueste asumirlo. Los de Borrell y Frutos. El excelente de Freixas. Los parlamentos de todos ellos. Aunque en nuestro egoísmo y terrible complejo de superioridad queramos seguir montados en nuestro caballo blanco, el más puro y blanco de todos, el único y verdadero, el de la salvación definitiva de esa España que tanto decimos querer.

Abramos los ojos, miremos a nuestro alrededor, aportemos nuestros millones de granos de arena a esa causa común que tanto decimos querer. 

Luchemos por España. Aquí y ahora
.
Tiempo nos quedará a algunos (si no fallecemos en los próximos años), o en su caso a nuestros hijos y nietos, de avanzar y culminar esa obra majestuosa que es la lucha por unos ideales. 

Porque bien sabemos todos que después de salvar a España (ahora o nunca), aunque sea bajo un sistema pseudo-democrático que no nos gusta, aceptando una corrupta partitocracia que conocemos y por eso detestamos desde pequeños, manteniendo a reyes felones que no nos van ni nos vienen, aguantando a una falsa Europa en manos del capital, del sionismo, de la masonería y de los enemigos de las Patrias (sobre todo de la nuestra), sabemos que quedará mucho por hacer.

Y tampoco sería justo dejar todo arreglado a las generaciones que nos siguen. Ni justo ni posible. Ellos también querrán aportar algo. Y nosotros no vamos a poder arreglar el destrozo de tantos siglos en un par de semanas o meses. Por una vez seamos maduros, en línea con nuestra edad, dejemos las chiquilladas y el egocentrismo, ayudemos a la sociedad, a Cataluña, a España, en estos momentos críticos, demos ejemplo y usemos nuestra madurez, nuestros conocimientos, nuestro oficio, nuestras virtudes, nuestro amor por España que tantos años ha madurado en nuestro interior, y trabajemos unidos por esa grandeza que soñamos y que tiene que llegar.

Los que me conocéis sabéis bien lo que cuesta escribir todo esto. 
Lo que odio a los partidos políticos. 
Lo que detesto a los Borbones y su maldita sangre. 
Lo poco que creo en este absurdo y falso sistema político. 
Pero no hay vuelta de hoja.

Es ahora o nunca. Y lo sabemos todos. Hasta yo.