martes, 4 de julio de 2017

Paletos y cosmopaletos

En el fondo quería escribir un corto relato sobre la muy agradable visita de Alberto y Marta a mi casa durante el pasado fin de semana. Pero visto que casi todo lo que hicimos y vivimos no da para un buen artículo, y más aún si tengo que empezar a ocultar un poco de aquí y un poco de allá para no enseñar todas mis cartas, pues mejor será dejarlo y dedicar estas líneas a hablar de las personas altamente limitadas. ¡Que haberlas, haylas! Y aunque no hable del pequeño Nicolás, de los mocasines sin calcetines, de las camisas a rayas con la vuelta de mangas y cuello en blanco, del himno del PP, de Pepe el parapléjico poli-consumidor, de los ídolos de plata, los judíos destrozados, de la maestría a la guitarra, de lo poco que nos gusta enseñar los tatuajes o del momento clave de nuestras noches en el que toca regalar algo a la persona que tienes a tu lado, seguro que a ambos les hará gracia leer esta pequeña reflexión. Digo yo.


Bien sabemos que los paletos siempre han existido. Y tal como los define el diccionario de la RAE, es decir, alguien “poco educado y de modales y gustos poco refinados”, o “rústico y sin habilidad para desenvolverse en ambientes urbanos”, no hay duda de que todos conocemos a bastantes. Pero a pesar de su falta de educación, modales o cultura, a mí siempre me han inspirado más simpatía, ternura y hasta pena que otra cosa. Nadie tenía (en otras épocas) la culpa de haber nacido en un pueblo, de no haber podido formarse en un buen colegio, de no haber heredado aficiones como la escritura o la lectura o de no haber podido viajar. En otras épocas, digo, ya que hoy en día todo lo anterior me sonaría a burda excusa. En pleno siglo XXI nadie puede ya justificar su ignorancia, su no saber estar, su grosería y su mala educación con dichos argumentos. Cualquier pueblo de nuestra geografía ofrece hoy en día casi las mismas posibilidades que una gran ciudad: la educación es obligatoria y de calidad (bueno, calidad lo que se llama calidad…) , viajar ya no cuesta la herencia del abuelo (se llame Florenci o Fulgencio) y, encima, la digitalización y el abaratamiento de las comunicaciones permiten a cualquier "mindundi" acceder a un mínimo de cultura y conocimiento. Si es que se da cuenta y lo desea, claro está. Porque ahí radica el nuevo y grave problema: hoy en día la mayoría de personas son incapaces de entender o asimilar que son paletos. Se han subido al burro de la “culturilla” televisiva, de las cuatro perogrulladas que les llegan por Whatsapp y de saber recitar las alineaciones del Real Madrid o el Barza sin equivocarse, después de repasar en el bar artículos súper complejos (de 2 inmensos y eternos párrafos) del diario AS o del Sport, para al final de la mañana y después de varios botellines erigirse en personas cultas, preparadas y capaces de contestarte con un “eso ya lo sé” o “nada nuevo para mí” a cualquier pregunta complicada que les plantees. O de atreverse a retarte a una partida de Trivial en la máquina del bar, juego al que a base de borracheras y horas de tedio y soledad le han dado ya 50 veces la vuelta y cuyas respuestas conocen por el color y la posición en la pantalla. ¡Cultura en mayúsculas a 1 euro la partida!

Pues estos nuevos “paletos” son mayoría en nuestra sociedad. Sin duda. Simplemente hay que mirar que programas lideran las audiencias en la televisión, las ventas de los periódicos, la relación de monumentos o museos más visitados del país, las películas que triunfan en el cine o a los partidos políticos a los que votan, para darse cuenta que vivimos en un mundo culturalmente acabado. Listo para ser engullido por cualquier enemigo que se lance sobre los restos de nuestra sociedad. Ya sea el capitalismo salvaje, la dictadura de género LGTBI, el integrismo islámico, el populismo manipulador o la masonería camuflada de democracia y liberalismo en estado puro.

Pero aún hay algo peor. Mucho peor a mi entender. Son los cosmopaletos. Palabra que no acuño yo, sino que ya ha sido usada en bastantes artículos, editoriales y comentarios por personas bastante más preparadas y cultas que yo. Hasta leí una posible definición que encaja como anillo al dedo: “el cosmopaletismo es la tendencia a mostrar un cosmopolitismo forzado que revela precisamente el carácter aldeano que se pretende ocultar”.  Es decir, en vez del cosmopolita de otras épocas, una persona que “se ha movido o se mueve por muchos países y se muestra abierta a sus culturas y costumbres”, tenemos hoy en día al nuevo paleto, al cosmopaleto, que usando expresiones extranjeras y repitiendo sandeces que ha oído, que no escuchado, en televisión, se cree de golpe el rey del mambo, políglota, culto, ciudadano del mundo y poseedor de la verdad absoluta.

Es decir: el Agapito de turno que en vez irse a correr con sus deportivas se va a hacer running con sus sneakers, que celebra Halloween en vez de la festividad de Todos los Santos, que se gasta su semanada en un black, red o blue Friday en vez de esperar a las rebajas de verano del Corte Inglés. Los limitados jóvenes formados por la LOGSE que en vez de ir de una santa vez al psiquiatra acuden a un coach, que prefieren decir que compran productos low-cost cuando lo que les falta es parné para comprar algo de calidad, que ante una party lanzan un crowdfunding en vez de hacer la clásica recolecta entre la peña para montar la fiesta, que en vez de resumirte la reunión te hacen un debriefing, un forward en vez de un reenvío y hablan de tu look desfasado en vez de mirarse en el espejo y darse cuenta de que parecen los payasos de antaño.

Y así podría seguir hasta el infinito. Hasta llegar al punto de decir “This is the end”.  Que en cristiano no significa nada más que nuestro mundo se ha acabado. 
Adiós a nuestra cultura, adiós a los cosmopolitas que aportaban algo, adiós al placer de la lectura, del aprendizaje de idiomas extranjeros, de los viajes, al inmenso beneficio de saber por saber y no para sentirte superior al prójimo, a los modales, a la hospitalidad, a la educación, a la humildad, al saber estar y a la modestia.


Malditos los nuevos paletos, los cosmopaletos y todo el asqueroso e inhumano sistema que los ha engendrado con el único fin de dominarlos a todos.

 ¡Maldito Sauron y malditos los cosmopaletos!


viernes, 9 de junio de 2017

Discurso a los idiotas de España

Preámbulo:

Ahora que he llegado a esa edad que Platón consideraba la idónea para gobernar, como bien puntualizaba Joaquín Leguina en su artículo del día 8 de Junio pasado, me permito lanzar al viento (porque llegar a una gran audiencia en este país se me antoja harto difícil, más aún si el texto se extiende más allá de medio folio), estas reflexiones, que no son más que un compendio de lo que pienso, siento y deseo. Y de la verdad que nos rodea. Por mucho que los vendidos medios de comunicación os quieran lavar la cabeza y mientan en la mayoría de los casos.

A muchos de mis fieles lectores os sonarán bastantes temas, ya que es una letanía que llevo cantando desde joven (y replicando en este blog desde el año 2004), por lo que os pido disculpas por ser pesado y repetitivo. (Siempre podéis dejar de leer en este momento y luego decirme que os gustó mucho mi artículo. No pienso preguntar por su contenido ni examinar a nadie). Pero esto es lo que hay, nuestra España está hecha unos zorros y la sociedad occidental en un tris de desaparecer en aras del beneficio económico de las multinacionales, los bancos y las sociedades opacas (y hasta secretas), cuya complicidad con la inmigración masiva (necesaria para mantener sus expectativas de beneficio) está fuera de toda duda.

Y sabedor de que lo que yo piense, escriba o proclame a la mayoría de la sociedad ni le llegará, a los “milennials” les entrará por un oído y les saldrá por el otro (¿Cómo van a escuchar los “milennials” la opinión de un “milenario"?), y a los pocos que lo lean muchas de mis afirmaciones les parecerán exageradas,  por lo menos me quedaré con la satisfacción de haber intentado abrir los ojos a algún que otro lector perdido en esta España adolescente en la que hoy en día “.. un macho alfa del tres al cuarto pretende enseñar al mundo que su corta vida, su escaso esfuerzo intelectual y su mínima experiencia le avalan para echar abajo la Constitución y las leyes.” (Leguina dixit). Y con ello cargarse siglos de nuestra noble e imperial historia patria.




Que en España no van bien las cosas, al parecer desde tiempos remotos, lo saben ya los españoles desde que nacen. Hay y existen mil interpretaciones, mil explicaciones, acerca de los motivos por los que España camina por la historia con cierta dificultad, con pena y sin gloria. Es hora de renunciar a todas ellas. Son falsas, peligrosas, y no sirven en absoluto de nada. Bástenos saber que sobre España no pesa maldición alguna, y que los españoles no somos un pueblo incapacitado y mediocre. No hay en nosotros limitación, ni tope, ni cadenas de ningún género que nos impidan incrustar de nuevo a España en la Historia universal. Para ello es suficiente el esfuerzo de una generación. Bastan, pues, quince o veinte años.

Idiotas. Hace pocos meses titulé un artículo mío “Imbéciles”. Tanto monta, monta tanto. La absoluta mayoría de nosotros, españolitos de a pie, lo somos. Idiotas e imbéciles. O cualquiera de los sinónimos que nos ofrece nuestra rica y querida lengua para describir a personas carentes de intelecto: babieca, memo, bobo, pasmado, pazguato, papanatas, tontaina, bobalicón, estúpido, majadero, simple, tonto, patoso, tarado, gaznápiro, memo, palurdo, ceporro, lelo, torpe, necio, ignorante, inculto, rudo, adoquín, zote, zopenco o zoquete. (Igual convendría incluir una adenda al DRAE con nombres de “influencers” actuales como ejemplos de idiota, para que podamos entender mejor a lo que me refiero: Pablo Iglesias, Irene Montero, Rita Maestre, Gabriel Rufián, Echenique, Kichi, Willy Tolerdo, Albert Rivera, Puigdemont, Mariano Rajoy, Borbones y Bardems varios, Wyomings y similares, Rahola, Lucía Caram, en fin, una lista interminable). 

¡No será por nombres y sinónimos que me quede sin definir la triste esencia de nuestra sociedad! Para algo tenemos uno de los idiomas más ricos y completos del mundo, aparte de ser la segunda lengua más hablada del planeta. Aunque vistas muchas de las recientes adiciones al diccionario de la Real Academia, igual el español deje de ser una lengua rica y propia y pase a ser un batiburrillo de extranjerismos tan propios de la perniciosa globalización en la que estamos inmersos. Para no hablar de la discriminación, cuando no eliminación, de nuestra lengua común en alguna de las taifas de esta nuestra tierra tan querida, que tanto costó reconquistar y unir y que están malvendiendo a precio de saldo los ladrones de turno.

Somos ceporros hasta el punto de que nos hemos dejado convencer de que no somos nadie, de que nuestra existencia como nación, como Patria, es una quimera. De que todo lo serio, valioso y duradero se cuece fuera de nuestras fronteras, allende los Pirineos o más allá de los mares que bañan la Piel de Toro. De que lo único importante en esta vida es sobrevivir, si puede ser sin trabajar demasiado, usando la picaresca española como alibi continuo. Sin ningún aliciente más que conseguir llegar a fin de mes, de disfrutar de alguna tarde al sol sentado en el chiringuito de la playa, de echar un polvo aunque sea sin amor y de verlas venir a partir del siguiente lunes. Y al siguiente viernes, más de lo mismo. (Si no media un partido de fútbol, que en eso sí que somos líderes absolutos). 

Solamente nos falta la renta social garantizada para que el suicidio colectivo sea un hecho y España como nación desparezca de la faz de la tierra. Porque de los libros ya desapareció hace tiempo, como bien se puede comprobar en el material educativo de los colegios en muchas partes de España. En Cataluña, en las islas Baleares, en las Vascongadas, en Navarra y próximamente en Andalucía, la historia que se les explica a los más jóvenes no tiene absolutamente nada que ver con la realidad, son adaptaciones oportunistas para justificar los trapicheos y las carencias culturales y sociales de los gobernantes actuales. De esos millones de “políticos” inútiles que pululan a nuestro alrededor sin to ni son, restando en vez de sumando. Pero viviendo como reyes. Así nos va.

Y todo esto viene de lejos. Hablamos de los siglos XV al XIX. Cuatro siglos que marcaron nuestra historia en lo bueno y en lo malo. Son cuatro siglos en los que el resto de las potencias mundiales (“occidentales” para ser más exactos) se dedicaron de forma maliciosa, organizada y estructurada a echar pestes sobre España, sobre el Imperio Español, sobre nuestros logros, nuestra hegemonía militar, cultural y espiritual, con el único fin de arañar un poco (o la mayor parte) del pastel y superarnos cultural, militar y económicamente. No me extenderé en los detalles de estas campañas, para ello simplemente os recomiendo leer el excelente libro de Maria Elvira Roca Barea titulado “Imperiofobia y la leyenda negra”. Una obra maestra, sin duda, en la que la autora desgrana los tejemanejes, las mentiras, las envidias y las conspiraciones de nuestros “amigos” europeos, en especial Francia e Inglaterra, a fin de maquillar su historia y mancillar la nuestra. Acciones todas ellas que simple y llanamente pretendían acabar con todo lo bueno que significó el imperio español y con ello alzarse a las posiciones dominantes en la Vieja Europa.

Pero lo peor de todo no estriba en que los “enemigos” se inventen historias y creen leyendas negras, eso es parte de la guerra (sucia, pero guerra al fin y al cabo) entre naciones, lo realmente trágico es que a base de insistir hayan conseguido que nosotros mismos, los españoles, nos lo hayamos creído. (Y no viene de ahora: bien claro queda en la cita inicial de este escrito, extraída, como la mayoría ya sabéis, del “Discurso a las juventudes de España” de Ramiro Ledesma Ramos, del año ¡1935!).

La manipulación llega hasta tal punto que cualquier ciudadano europeo aún hoy en día, en pleno Siglo XXI, se cree a pies juntillas las barbaridades que franceses, holandeses o ingleses llegaron a inventarse (y siguen, y siguen) sobre nosotros y nuestra tierra. O que donnadies separatistas y nacionalistas de nuestra propia patria hagan uso de esa leyenda negra buscando con ello su propio beneficio. No creo que haga falta nombrar a todos los merluzos que nadan por esas sucias aguas de los nuevos reinos de Narnia insultando a España, a su historia, a su herencia cultural, intentando separar su propia evolución histórica y su pertenencia natural a la nación española con argumentos simplistas, cuando no inventados (con el ínclito “Institut Nova Història” como editor de la nueva enciclopedia de la historia apócrifa) , como si fueran los redactores de burdos tabloides ingleses. Con tal de poder robar un poco (o un mucho), declararse superiores al resto de ciudadanos de España y poder con ello vivir a la sopa boba, se las trae bien floja cualquier razón, cualquier estudio serio, cualquier hecho real y probado que tiraría por la borda sus infantiles argumentos.


España ha sido dirigida y gobernada por gentes, grupos e ideas a quienes caracteriza una mentalidad de liquidadores, de herederos y de cobardes.

Aquí tenemos otra frase lapidaria del ya nombrado discurso de Ramiro Ledesma Ramos. ¡Qué actual suena verdad! Nadie diría que estemos ante unas palabras escritas hace 82 años. Pero por desgracia es así. Ochenta y dos años perdidos, tirados por la borda. Y los que vendrán si no espabilamos. O movemos el culo, como bien gráficamente decimos hoy en día. Porque nadie me podrá negar que los sucesivos gobiernos que hemos sufrido desde el año 1978 no han hecho más que destrozar nuestra herencia, vender nuestro patrimonio y nuestra libertad, liquidar nuestra industria y entregarnos a la esclavitud cultural, militar y económica. Y hablo de todos los gobiernos, hayan sido, sean o se proclamen de izquierdas o de derechas. Nada les diferencia en su propósito final: ostentar el poder, aprovechar el momento para su propio beneficio y prometer sin cumplir,  para arañar algunos años más de “dolce vita” y utilizar las facilidades y las relaciones que generan los cargos políticos para su lucro personal. Ya pueden llamarlo (esos “cosmopaletos” a los que les gusta tirar de palabras en inglés sin antes haber aprendido su propia lengua) de forma pomposa “networking”, todos sabemos muy bien que en lengua española se llama nepotismo. Con todas sus letras. Y consecuencias.

Que os voy a contar de las tropelías que sufrimos en España: “famiglias” de mafiosos como los Pujol, partidos corruptos hasta la médula como el PSOE y el PP (la misma mierda es), gobernantes de “derechas” permitiendo y fomentando el aborto y la ideología de género, perroflautas y guarros sin formación ni educación convirtiendo las instituciones en patios de colegio, bancos y cajas de ahorros dirigidas por los herederos de Alí Baba y rescatados con los impuestos de los españoles o con jugadas “maestras” como la del Banco Popular de esta misma semana, en la que ganan los de siempre y pierde, como no, la clase media y obrera de España: nosotros, los primos que con nuestros votos y nuestros impuestos mantenemos vivo el maldito sistema que nos está ahogando. Los idiotas.

A comienzos del siglo XVII, ya corría por Europa un plan de desgajamiento y balcanización del territorio peninsular, Europa tiraba de Cataluña. Llegó a haber allí virreyes franceses. Se logró no obstante vencer ese proceso canceroso y se conservó la unidad de España. Ha sido la única victoria desde la culminación del Imperio. Aunque empalidecida en el Oeste con la no asimilación de Portugal y avergonzada en el Sur con Gibraltar en manos de Inglaterra.

Y así llegamos al tercer y más pernicioso factor que está acabando con nuestra patria: el maldito nacionalismo. Y como no, arriba tenéis la cita al respecto, nuevamente del discurso de Ramiro. Y seguimos igual, o peor. Aturdidos y manipulados los adolescentes ciudadanos de las provincias vascongadas y de Cataluña (ya mismo los de las islas Baleares, vistos los incidentes en las pruebas de la Selectividad de esta semana, los valencianos y quién sabe si también los andaluces, sobre todo cuando lean “El Principito” en andalú), con ya casi cuarenta años de contra-educación, de tergiversación de la historia, con leyendas convertidas en hechos irrefutables (sobre todo en mi querida Cataluña) , idiomas artificiales sacados de la chistera de la rancia y racista burguesía vasca encabezada por el enfermo Sabino Arana y con el recuerdo (ni olvido ni perdono) de un terrorismo brutal y sanguinario que ha dejado más de 800 muertos tirados en el frío suelo patrio. Viles asesinatos que poco a poco, con la connivencia del Sistema, de la partitocracia, de la derecha y la izquierda, de la Corona, de la Iglesia y de todos los mangantes juntos, están cayendo en el olvido y hasta convirtiéndose en míticos y nobles luchadores contra el opresor español, con la paulatina asignación a las sucias ratas etarras de cargos públicos, la celebración de homenajes, la petición y concesión de acercamientos, indultos y ayudas económicas. El mundo al revés.


En España estamos ante ese fenómeno. Vivimos una asfixiante monopolización de la vida pública por parte de leguleyos, burócratas, renunciadores y lisiados mentales de profesión.

No hace falta que venga a contarlo yo. Todos sabemos que la vida pública vuelve a estar en manos de la chusma, igual que hace 82 años. Lisiados mentales de profesión, como bien los llamaba Ramiro.

Y nosotros, los idiotas, tan panchos. Esperando que nos caiga del cielo la lotería primitiva, que los problemas se evaporen con el sudor de nuestra última borrachera y que los asesinos islamistas pasen de largo y no nos molesten en nuestros meses sagrados de chiringuito y tinto de verano.

Practicando la tan romana “damnatio memoriae” con nosotros mismos, con nuestra historia, nuestro presente y hasta con nuestro futuro.

¿Qué hay que hablar mal de España? ¿Qué hay que robar? Pues yo más.

Que para eso somos españoles.

Suerte que en nuestra Patria quedan, aunque cada vez menos, ejemplos de valor y nobleza. Como Ignacio Echeverría. Descansa en paz valiente. Que tu ejemplo cunda en esta sociedad y levantemos el vuelo entre todos, recobrando la sensatez, recuperando los valores occidentales y cristianos, la moral y la justicia.



Y salvemos a España y a Europa de su tan cercana desaparición.

lunes, 8 de mayo de 2017

#Soyunborrego

Dedicado a María José T. Hoy el día brilla un poco más. A pesar de todo.

Como hace ya unas semanas que me persiguen las referencias al efecto Dunning-Kruger (hoy mismo Juan Manuel de Prada lo usa como apellido del retrasado socialista Pedro Sánchez), pues no voy a ser menos que los brillantes autores que citan este trastorno psicológico para hablar de las “eminencias” patrias. Faltaría. Porque en el fondo, tal como título este comentario, yo también soy un borrego. Como la mayoría. Aunque lo intente disfrazar o disimular haciéndome el interesante, remando (en teoría) contracorriente, criticando la necedad y la incultura de los demás, leyendo (en muchos casos a regañadientes) obras interesantes o mirando canales de televisión “serios” (es decir, alemanes). Un ardid que en el fondo no es nada más que acabar siendo otro borrego. Quizás no de la misma raza, quién sabe si con un poco más de intelecto, pero borrego al fin y al cabo.

Ahí está el factor clave del efecto Dunning-Kruger. No importa tanto el punto inicial del gráfico, en el que se cruzan los menos doctos con el mayor complejo de superioridad. En ese punto está la mayoría de borregos de nuestra sociedad. Lo realmente valioso es quedarse en el valle de la curva, asumiendo que no sabes nada y que cada día hay algo nuevo que aprender. Pero llegar a ese punto, o por lo menos mantenerse, es harto difícil.

El propio y casi siempre certero Jorge Bustos habla hoy del mismo trastorno, eso sí, sin citarlo. A cuento de las elecciones presidenciales celebradas ayer en Francia nos dice el autor  “…el abstencionista a menudo se juzga superior al vulgo engañado por un sistema que no le representa, pero solo es otro esclavo mudo de la corriente mayoritaria”.

¡Cuánta razón, pardiez! Como me siento reflejado en estas palabras. Y retratados a tantos otros conocidos y amigos míos que por mucho que practiquemos la humildad, digamos públicamente que en el fondo no dominamos nada, nos arroguemos estar en el punto más bajo de la curva de Dunning-Kruger: bien sabemos todos que nos creemos poseedores de la verdad, que con lo poco que sabemos nos sentimos superiores a la mayoría de seres que nos rodean. Con lo que volvemos a estar en el punto inicial de la curva.

Como el pez que se muerde la cola. Decían los eminentes psicólogos en su estudio (que ganó el premio Nobel, por cierto): “La sobrevaloración del incompetente nace de la mala interpretación de la capacidad de uno mismo. La infravaloración del competente nace de la mala interpretación de la capacidad de los demás.

Quizás la única manera de no creerse superior a los demás sería vivir aislado, cual ermitaño, sin acceso a las noticias, a los medios en general, sin mensajería instantánea, correo o redes sociales. Porque mientras sigamos inmersos en esta sociedad, en manos de los “millennials” y sus gadgets, bombardeados día y noche por noticias verdaderas, falsas, sesgadas o manipuladas; con líderes políticos y sociales ("influencers" se llaman a sí mismos) que en cualquier otra época hubieran acabado como esclavos o pasto de las llamas, con lunáticos que son “tendencia” y tecnologías absorbentes que cada día que pasa nos convierten más y más en meros juguetes en manos de la mercadotecnia y las grandes corporaciones; con todo este maldito mundo moderno rodeándonos y acabando poco a poco con las pocas neuronas que nos quedan.
¿Cómo no nos vamos a creer superiores?

¿O quizás lo seamos? (Viendo a estos, por ejemplo)



Chi lo sa

jueves, 27 de abril de 2017

Qué alegría cuando me dijeron..

Sigo sin lanzarme a escribir sobre la belleza (a pesar de la insistencia de mi amiga María José), pero por lo menos puedo encabezar este artículo con la palabra alegría. ¡Qué ya es mucho! Y como supongo que lo estáis esperando todos, la canción sigue así:

Qué alegría cuando me dijeron
Entró en el presidio un Pujol
Ya estoy sintiéndome mejor
Sólo faltan su familia y el paredón


(Nota para los amantes de la lengua española: yo sigo acentuando el adverbio “sólo” cuando significa solamente, por mucho que las nuevas normas ortográficas no lo aconsejen. Soy de la vieja escuela.)

Y no creáis ahora que soy un iluso: todos sabemos que el paripé que están montando nuestros tan poco independientes fiscales y jueces no va a servir de mucho. Pasados tantos años desde que se iniciaron las investigaciones alrededor de los tejemanejes, las tropelías, los cohechos, las prevaricaciones y demás delitos y faltas de la “sagrada famiglia catalana”, esa pretendida dinastía llamada Pujol (de una nación inexistente por cierto), poco tiene que rascar nuestro poder judicial. Más aún cuando flota en el aire la amenaza de tirar de la manta del “capo di tutti capi”.





Basándome (con todo el respeto y admiración) en un mítico discurso pronunciado en 1933 por una persona honesta, integra y valiente, podríamos seguir así:

Cuando, en mayo de 1980, un hombre nefasto llamado Jordi Pujol i Soley, asumió el cargo de presidente de la Generalitat, dejó de ser la honradez política una entidad permanente. Fueron más de 23 años, 8.626 días, de mangoneo disfrazado de gobierno, periodo fructífero para la famiglia y su corte de aduladores, pero sumamente desastroso para el bien común. Jordi Pujol i Soley vino a decirnos que la justicia y la verdad no eran categorías permanentes de razón, sino que eran, en cada instante, decisiones interesadas, ligadas a una módica comisión del 3% (o del 4% como se ha descubierto hace poco).

Jordi Pujol i Soley suponía que el conjunto de los que vivimos en un pueblo tenemos un intelecto inferior, frente a la jerarquía natural de cada uno de sus hijos, y que ese yo superior (que era él) está dotado de unas prerrogativas infinitas, capaz de robar en cada instante lo tuyo y lo mío, por encima del bien y del mal.

De ahí vino el sistema nacionalista, que es, en primer lugar, el más ruinoso sistema de manipulación de la verdad en aras de un beneficio económico. Un hombre dotado para la altísima función de gobernar, que es tal vez la más noble de las funciones humanas, dedicó el ochenta, el noventa o el noventa y cinco por ciento de su energía a recaudar comisiones, colocar a familiares y amigos y a crear naciones imaginarias, manipular leyendas milenarias y a hacer sonar la flauta por el bien de los suyos.

Vino después la pérdida de la voluntad real de los pueblos, porque como el sistema funcionaba sobre el logro de las mayorías, todo aquel que aspiraba a participar del expolio del sistema, tenía que procurarse la mayoría de los sufragios. Y tenía que procurárselos inventado, manipulando, tergiversando, ocultando, vilipendiando, si era preciso, a los demás ciudadanos, y para ello no tenía que vacilar en calumniarlos, en verter sobre ellos las peores injurias, en faltar deliberadamente a la verdad, en no desperdiciar un solo resorte de mentira y de envilecimiento.

Y así, siendo la fraternidad uno de los postulados del complot mafioso de la famiglia, ocultó en su domicilio de la calle General Mitre (y en muchos otros lugares) todo lo recaudado y robado durante su mandato.

Así resulta que cuando nosotros, los hombres de nuestra generación, abrimos los ojos, nos encontramos con una Cataluña en ruina moral, una región escindida en toda suerte de diferencias; y por lo que nos toca de cerca, nos encontramos una Cataluña dividida por todos los odios y por todas las pugnas.


Para descubrir al final que todo fue culpa del avi Florenci.

Como ya cantaba el insoportable bardo oficial Lluis Llach (en boga de nuevo por sus amenazas a los funcionarios de Cataluña):

L'avi Florenci em parlava
de bon matí al portal
mentre el sol esperàvem
i els carros vèiem passar.

Jordi, que no veus la trama
que ens tenim que muntar?
si no podem enganyar-los
ens tocarà ben robar!

Si enganyem tots, la comissió caurà
i molt de temps ens ha de durar,
segur que s’omple, s’omple, s’omple
la butxaca familiar.



¡Qué os den, malditos ladrones!


martes, 14 de marzo de 2017

La historia os juzgará

Por muchas mentiras que nos cuenten en el presente que (por desgracia) vivimos, por muchas falsedades cortoplacistas que se inventen los mangantes de turno, al final la historia pone a cada en su sitio. Y más aún en la actualidad, en una época de digitalización absoluta en la que todo lo que sucede queda registrado, grabado, copiado y archivado en soportes accesibles a todo el mundo y, sobre todo,  carentes de caducidad física. O casi.

¿Pero nos servirá de algo? ¿Qué nos importará como individuos que se descubra algún hecho manipulado en otros tiempos, si no llegaremos a ver a los culpables condenados o a los inocentes absueltos?

Pues mira por donde, yo creo que servirá de algo. Por lo menos nuestros hijos, nietos o biznietos podrán algún día respirar tranquilos y ver que no estábamos locos y que los malos eran otros. Se tarde unos meses, años o siglos. Y desde el cielo los luceros de los que ya se fueron, nosotros incluidos, brillarán de alegría por ver triunfar la verdad. Y eso ya vale mucho.

Vienen a cuento estas reflexiones por varias razones, todas ellas de peso. Tenemos por un lado las graves mentiras del 11-M, el peor atentado terrorista sufrido por Europa en los últimos decenios. Hay que remontarse a los bombardeos aliados sobre Yugoslavia en 1999 o a la bárbara destrucción de ciudades japonesas y alemanas (Hamburgo, Dresden, Hiroshima, Nagasaki) por parte de los mismos adalides de la libertad en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, para encontrar un hecho similar. Y cruel. Y cargado de falsedades. Y manipulado hasta la saciedad por aquellos que ostentan el poder. Ya sea político o mediático. O ambas cosas. Trece años han pasado ya, con los pocos inculpados puestos en libertad, las pruebas sin aparecer, el relato oficial sin tener sentido y la justicia brillando por su ausencia.

Pero tiempo al tiempo. En España hay suficientes personas enteras, luchadoras, nobles, constantes e idealistas que seguirán investigando.  Por la justicia. Por la verdad.

Como han hecho los investigadores Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García, que acaban de publicar el libro “1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular, exhaustivo y profesional estudio de las bien localizadas y, esta vez sí, documentadas y cuantificadas manipulaciones de las elecciones de 1936 por parte del Frente Popular (es decir, la gran farsa comunista que precipitó una justa reacción militar ante el golpe de estado que habían perpetrado las huestes del mal). No desgranaré detalles del libro (algo imposible, por cierto, ya que sale al mercado hoy mismo), ni repetiré lo que ya han escrito plumas serias sobre el tema, o han comentado preparadas y cultas autoridades en la materia en las pocas emisoras radiofónicas serias que quedan en España. Simplemente dejo caer, como ya digo al principio de este comentario: al final la historia pone a cada uno su sitio.

Para no hablar por otro lado de la famosa “Leyenda Negra” que pesa sobre la historia de España, leyenda inventada, sacada de contexto, exagerada y manipulada por los históricos enemigos de España (los ingleses, los holandeses y los protestantes a la cabeza), que con máximo detalle desmonta página tras página Elvira Roca Barea en su último libro Imperiofobia y Leyenda Negra”.  Dejando al descubierto que el supuesto “genocidio” perpetrado por los españoles durante el descubrimiento y la conquista de América no es más que una gran y bien elaborada mentira de los demás países, celosos del éxito español e incapaces de aportar a la historia universal algo tan bonito, valioso y duradero como la hispanidad.

O quizás valdría nombrar a la “Santa Inquisición”, parte de dicha leyenda negra, institución tan seria, avanzada y justa que en 260 años solamente condenó al 1,8% de las personas imputadas en los 44.674 juicios celebrados. En Inglaterra durante un periodo similar condenaron a muerte a más de 260.000 personas. Y en Alemania quemaron a decenas de miles de brujas aún en menos tiempo.

Pero claro, los malos fueron los españoles. Que viene el coco. O el Duque de Alba, “amenaza” que aún se cierne sobre los niños holandeses si no se compartan o se niegan a ir a la cama.

Y viene a cuento este comentario, sobre todo, por las constantes, continuadas y cansinas mentiras de los principales “actores” de este nefasto presente que estamos viviendo en España: los Iglesias, Monedero, Echenique, Otegui, Cifuentes, Zapatero, Rajoy, Sánchez, Bárcenas, Toledo, Bono, Wyoming, Maestre, Cristina, Urgandarin, Montero, Soraya, Mas, Pujol, Luis Enrique, Aytekin… esa lista interminable de embaucadores, con sus medios afines liderando la gran estafa, dejándonos en herencia un sinfín de medias verdades, horrendas mentiras, baratas manipulaciones y vomitivas actuaciones, todo ello llana y simplemente para cubrir su falta de valores, proteger su único y principal objetivo, el poder y el dinero, ocultar su carencia de ética y, obviamente, su desconocimiento absoluto de la estética.


Pero, malditos todos, que sepáis: la historia os juzgará.




miércoles, 1 de marzo de 2017

Imbéciles



Hace poco más de un mes hablaba en mi último artículo sobre la sociedad distópica en la que por desgracia vivimos, y una amable y muy querida lectora me sugería en un comentario que escribiera en un futuro alguna cosa sobre la belleza. 
¡Ojalá pudiera dedicarme a loar la belleza de este mundo, los valores de nuestra sociedad y el magnífico estado evolutivo y nivel cultural que hemos alcanzado entre todos! 
Pero va a ser que no. 
Habrá que esperar a tiempos mejores (asumo que será una espera inútil y que dejaré este mundo bastante antes) y volver a descargar toda la rabia, impotencia y asco que me produce nuestra sociedad actual en este pequeño comentario. Lo siento María. Otra vez será.
Hablemos pues de imbéciles. De nosotros.

En estos cuarenta y pocos días transcurridos desde mi artículo anterior se ha producido tal avalancha de sucesos y comentarios insensatos, estúpidos, falsos, manipulados o inventados, que ni uno de los minúsculos copos de nieve del desprendimiento se salva de su parte de culpa, por mucho que se excuse con un “no ha sido culpa mía” o un “no sabía” de clara influencia borbónica.

Y ya que hablamos de sangre azul, vamos a por la primera bofetada que nos han dado en la frente a nosotros, los ciudadanos imbéciles: la sentencia dictada contra el cuñado del Rey y su tan olvidadiza y real esposa. Tan contentos que nos sentíamos la mayoría de ciudadanos de bien y amantes de la justicia (esa que es igual para todos) por ver procesados a Urdanga & Co., y al final van el juez y el fiscal y nos estropean la fiesta, a mayor gloria (y beneficio económico obviamente)  de los abogados defensores, con el inefable Roca i Junyent al frente. De pagafantas  hemos pasado a ser pagainfantas. Por no hablar de las risas que se habrán pegado a costa nuestra los encausados, que en vez de purgar sus delitos en las celdas de rigor seguirán disfrutando de su “dolce far niente” en algún agradable exilio portugués o suizo. Y nosotros, los imbéciles, a pagar. As usual.

La segunda afrenta a nuestra inteligencia es la feroz campaña contra el presidente de los EE.UU, el rubio Donald Trump. No me erijo aquí en defensor de esta persona, faltaría más, (teniendo en cuenta el poco respeto y cariño que siento desde pequeño por los yanquis, no creo que sea el momento de cambiar de golpe de opinión), pero lo que sí que es vergonzoso es asistir al dantesco espectáculo del llamado “establishment”, que viene a ser lo que en nuestra patria son los artistas de la ceja, los amigos de Zapatero, las compinches de Ramoncín, las sextarios de Wyoming, los inútiles admiradores de Pedro Sánchez y los recién llegados (y ya enriquecidos) populistas de Podemos y sus adláteres. Estos seres engreídos, que se arrogan ser poseedores de la verdad absoluta en todos y cada uno de los aspectos de la vida, se han lanzado cual jauría hambrienta a por un presidente elegido por la mayoría de los ciudadanos de su país, que cumple sus promesas electorales y que por lo tanto es de los pocos políticos que realmente son dignos de respeto. Por lo menos ejerce como tal: proclama sus intenciones, promete y las cumple. Como las neveras, que cuando las compras enfrían. O los coches, que cuando los adquieres arrancan, giran y frenan. Y no como los cientos de miles de politicuchos de tres al cuarto que campan a sus anchas por la piel de toro mintiendo, robando y riéndose de nosotros mientras devoran mariscos y cobran dietas por desplazamiento y alojamiento cuando tienen su pisito a escasos metros de su puesto de trabajo (y probablemente ocupado por alguna amante, cortesana o mujer de mal vivir aupada al poder por todo menos por sus méritos intelectuales). Meretriz, para afinar un poco más. O Irene.

La tercera afrenta, que no por ridícula y pequeña nos salva de ser unos completos imbéciles por tolerarla, ha sido el concurso “democrático” de remodelación de la Plaza de España de Madrid. Una más de las ya tan habituales “carmenadas” que un día de estos acabarán con nuestra paciencia y saber estar (tiempo al tiempo, que se acerca el World Pride Madrid a celebrar en Junio).

 ¡Qué Dios nos coja confesados, o mejor, armados! 

Dicen literalmente los memos de Podemos y Ahora Madrid en sus sitios web y en sus medios afines que “LA CIUDADANÍA” ha elegido el nuevo proyecto, “Welcome mother Nature”, como mejor opción para la reforma de la plaza de España de la capital del Reino. Si la “ciudadanía”, como dicen ellos, son los veinte y pocos mil votos recibidos (algo así como el 1% del  censo electoral), pues que a partir de ahora sea esa "amplia" representación ciudadana la que financie con sus impuestos las locuras de la vieja bruja y su banda de cabezas de chorlito. No le daría ni para comprarse una bolsa de chuches. O un par de pastillas alucinógenas o medio gramo de cristal.  Que, vistas las actuaciones de la alcaldesa y su equipo, debe de ser la merienda común en los salones del otrora Palacio de Comunicaciones.

Podría añadir bastantes afrentas más, cada una de ellas peor y más ridícula que la anterior, desde la petición de la exhumación del cadáver de Franco, pasando por los propietarios de pisos ocupados acusados de violencia mientras los usurpadores disfrutan de las comodidades de las viviendas sin estrenar, las gilipolleces de Piqué o de Gabriel Rufián, la desfachatez del antiguo vendedor de helados (y actualmente de mentiras)  Homs, la “carmenada” de proponer pintar los pasos de cebra con los colores del movimiento LGTB, las continuas blasfemias durante el Carnaval o la cruel y vil injustica con los encausados por el caso Blanquerna; todo ello sucesos que corroboran, por nuestra poca o nula respuesta, que somos unos imbéciles de grado máximo.

Pero me centraré en el cuarto y más reciente atropello que hemos sufrido los ciudadanos de Madrid, y por extensión todos los habitantes de España. Esa gota que colma el vaso. Como todos sabéis, un autobús, pagado por la organización no gubernamental “Hazte Oír” (prefiero evitar las siglas ONG para no confundir algo serio como “Hazte Oír” con las fantochadas de los progres pijos y sus acciones sociales y culturales,  limitadas a engañar a la inculta galería y a satisfacer su propio ego), ha estado circulando durante unas pocas horas por Madrid con un lema tan veraz, irrebatible y científico como que “Los niños tienen pene y las niñas vulva”.  Creo recordar algo de mi etapa escolar sobre los cromosomas X e Y. Creo…


¿Qué ataque hay en la frase que adorna dicho autocar? ¿Qué derechos de la humanidad han infringido los amigos de “Hazte Oír”,  como afirma la insoportable y asquerosa nulidad Rita Maestre? ¿Qué maldita locura les ha entrado a todos, incluida la cada vez más repugnante presidenta de la comunidad Cristina Cifuentes, de ceder ante el lobby “transgénero” y convertir casos aislados, enfermedades o trastornos, en la nueva base científica sobre la realidad genética del ser humano? 

¿Con qué derecho bloquean a este autobús poniéndole un cepo, atacando con ello el derecho a  la propiedad privada, la libertad de movimiento y la libertad de expresión?

Uf, me callo. Que si me embalo me ponen un cepo. O me destierran a Cádiz, que aún sería peor.

No incido pues en este tema. Es tan patético, triste, ridículo, y a la vez dañino y peligroso para nuestra sociedad y el futuro de la humanidad, que más vale volver al inicio de mi artículo y repetir con toda nuestra rabia y desesperación:

 ¡Qué Dios nos coja confesados y armados!

Si no reaccionamos, pues eso, seremos y seguiremos siendo unos imbéciles. Muy imbéciles.


Y me permito acabar con un siempre acertado y lúcido comentario sobre el particular del admirado amigo José Javier Esparza:


Orwell pensaba en Madrid: Usted puede estar de acuerdo con el mensaje del bus de Hazteoir. Está en su derecho. Usted, claro, puede estar en desacuerdo; también está en su derecho. Lo intolerable es que la fuerza pública intervenga para prohibir que ese bus circule; para reprimir lo que, al cabo, sólo es un gesto de libertad de expresión. Orwell, es bien sabido, imaginó en '1984' una Policía del Pensamiento, brazo armado del Ministerio de la Verdad, que perseguía a los disidentes de la doctrina oficial. Pues bien, henos aquí de nuevo, en '1984'. Y no es sólo la evidente querencia estalinista de Podemos y sus marcas; no, es todo el establishment político y mediático el que ha alentado el linchamiento del disidente. Poniéndole el cepo a ese autobús intentan callarnos la boca a todos. A usted, piense lo que piense, también.


miércoles, 11 de enero de 2017

Viviendo en Distopía

 La forma más eficaz para destruir a la gente es negar y
destruir su propia comprensión de su historia. -George Orwell.


Leo en alguno de los periódicos que repaso (o engullo) diariamente, que el 90% de los espectadores de “Gran Hermano” desconocen el origen de esta expresión, algo que por otro lado no me sorprende lo más mínimo. En un país (junto a muchos otros países, no vayamos a creer que solamente hay tontos en España) que va por la edición 17 del nefasto y pernicioso programa (que encima bate records de audiencia), no vamos a pedirle peras al olmo y esperar que los cada vez más alelados ciudadanos sepan de literatura. Algo que queda corroborado por los últimos datos sobre los hábitos lectores de nuestra sociedad, publicados ayer mismo, que muestran claramente el declive lector, y con ello intelectual, de nuestra patria. Y si no saben de dónde viene la expresión Gran Hermano mucho me temo que palabras como utopía, ucronía o distopía, les sonarían, si leyeran, a enfermedades infecciosas.  

Queden pues descartados y liberados de seguir leyendo este artículo la mayoría de ciudadanos (que por cierto incluye a las ciudadanas, aunque la imbecilidad reinante añada últimamente el femenino a cualquier expresión genérica) de este país.

A lo que iba: frente a las sociedades ideales, como la isla de Utopía de San Tomás Moro, en la que todo está organizado de forma correcta, enfocado al bien común, con sensatez, con mecanismos de autocontrol, con solidaridad, con Traniboros preparados, un senado capacitado y un príncipe justo, y con una estructura basada en valores e ideales reales, eternos y naturales, nos encontramos hoy en día con el escenario contrario. Y no hablo de una ucronía, es decir, una reconstrucción histórica basada en hechos que no han sucedido, sino en algo muchísimo peor: hemos llegado al punto crítico en la evolución de la humanidad, estamos viviendo en una cacotopía, en esa maldita isla de Distopía que nunca deberíamos de haber descubierto.


Una decadente isla en la que en vez de aprender una profesión y ejercerla con orgullo, el objetivo principal es vivir del cuento, cumplir los horarios laborales aunque sea durmiendo o escondiéndose en los baños, cobrar subvenciones del estado y dedicarse a la “dolce vita” a costa de los demás.

Una maldita isla en la que los representantes de la sociedad, los filarcos y protofilarcos en Utopía, es decir, nuestros actuales cargos políticos de las múltiples administraciones que nos asfixian, dedican su tiempo a la lucha por mantener sus privilegios, a su perpetuación en los círculos de poder y a usar sus cuotas de influencia para beneficio propio y de los suyos (con la mafia Pujol como máximo exponente de la decrepitud del sistema).

Una isla enferma en la que el sexo competitivo, sucio y lascivo se ha convertido en el principal entretenimiento (véase el “juego del muelle” de moda últimamente en la capital del Reino), dejando de lado cualquier sentimiento de amor o cariño, para no hablar de las aberraciones actuales en forma de dictadura LGTBI y contra-educación, hasta el punto que los nuevos libros de primaria hablan ya de niñas con pene y niños con vulva, primer paso antes de legalizar la pedofilia o la zoofilia, algo que ya se vivió en Alemania y Holanda en otras épocas (y a cargo de los mismos progres pseudo-intelectuales de tres al cuarto).

Una isla desquiciada en la que los diferentes oxímoron que se están usando en el escribir y hablar del día a día rayan el ridículo, como por ejemplo los “fraudes legales”, “magistrados corruptos” (frente al buen Magistrado de Utopía), “revolucionarios conservadores”, “narcos religiosos”, “ladrones honestos” o “republicanos monárquicos”.

Una isla inculta en la que la historia verdadera ha sido reemplazada por ucronías creadas por nacionalismos y populismos para engatusar a la gente (con victimas claras como Gabriel Rufián o Rita Maestre), llevarles a su redil y utilizarles en su afán de poder y riqueza.

Una isla por finiquitar en la que el estudio ha perdido todo su valor, a diferencia del concepto de estudios en la ideal isla de Utopía (“..durante el transcurso de su vida dedican al estudio gran parte de las horas libres de sus labores profesionales.”), con casos tan flagrantes como la epidemia de estudios ridículos e inservibles que se están dando en nuestra sociedad en la actualidad  (gracias María por la aportación).

En fin, una isla que jamás debería de haber sido descubierta, y que me ha traído a la memoria una canción de final de los años 70 del cantante de folk progresivo barcelonés Eduardo Martí, titulada Y ahora que”. Versos que a pesar de hacer referencia a una hipotética guerra nuclear me parecen bastante adecuados para la ocasión, para maldecir esta sociedad distópica que entre todos hemos creado y que no tiene visos de arreglarse.

A no ser que explote la bomba de una vez.

Creyó soñar al ver que amanecía, no supo si atreverse a respirar,
pensó que no podía haber ya vida, si sólo hace un momento, aquello era el final.
Y vio que alrededor no había nada, como si nunca hubiera habido Dios
La guerra se llevó lo que quedaba, de un mundo que trataba de hacerle sombra al sol.

¿Y ahora que? al fin lo conseguimos hacer,destruir,matar y enloquecer.

y al final lo hicimos desaparecer, y ahora que, y ahora que, y ahora que.


P.D. ¡Qué tiempos aquellos en los que Frank Zappa (junto a Steve Vai) aún rebosaba de optimismo y hablaba de Utopia!